jueves, 9 de junio de 2011

En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Primera parte

Escuela El Tránsito, Tacachico

En un recóndito lugar de origen precolombino, situado en las cercanías de San Juan Opico, donde hace 1400 años los antiguos moradores adoraban la tierra, veneraban el sol y la luna. Allí, se enaltece el Centro Escolar Cantón El Tránsito, un foco del saber que resurge de las cenizas después de estar en el olvido y que en su interior, preserva una memoria de incidencia política, amor y pasión por la educación.

El Cantón El Tránsito, se encuentra erguido en el municipio de Tacachico ubicado en el departamento de La Libertad, a dos horas de distancia de la capital- San Salvador. Es decir, un aproximado de 75 a 80 kilómetros.

Para llegar a este Cantón olvidado de la urbe y el traqueteo de los motores, similar al Macondo que narra el colombiano García Márquez en su obra Cien años de Soledad, se tiene que pasar caminos quebrados y ásperos.

La boca de la serpiente de polvo inicia en la Colonia El Rosario de Tacachico, rumbo a Valle Mesa y son más de 30 minutos que se tienen que recorrer por este coral de barro que cruza la llanura de los Pokomanes y los Chortis de la familia Maya Quiché. No es para menos, este Cantón se encuentra en la sien de los centros arqueológicos del país, Joya de Cerén y Ruinas de San Andrés.

Conforme irrumpimos en esta sierpe de polvo y llegamos a su panza, nos encontramos en un mundo adornado de esféricas y ovaladas pelotas verdes que aparecen de unas raquíticas ramas. Uno se pregunta cómo es que aparecen esos bultos de un árbol que no tiene hojas.

Su pobreza en follajes es visible, como que si un pelotón de hormigas y zompopos hubieran satisfecho su paladar durante esta época donde el cielo tira sus primeras lágrimas. En El Salvador, estos árboles pelones y sus frutos son conocidos como morros.

Frutos que nuestra familia Maya Quiché utilizó para elaborar utensilios del hogar desde platos, cucharones, huacales para tomar los atoles y satisfacer la sed con la elaboración de la bebida horchata. Esta última, se fabrica de la semilla de este esférico que nace en las costillas y ramas de los arbustos que pese a ser calvos, están dotado de hermosura. Cargados de esmeraldas nacidas en el reino vegetal.

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Bajo la sombra de una dictadura militar derrocada

Tras cruza la barriga de este coral de tierra, llegamos al Cantón El Tránsito, que al igual que las plantaciones de morro, en su casco urbano, cuelgan más de 121 familias en condiciones de pobreza y que sobreviven de lo poco que le rascan a la tierra.

Los primeros en recibirnos fueron una empinada polvosa de tres metros de ancho y unos cuantos pick up que son utilizados para el transporte público. No está más decir, que el Centro Escolar es prácticamente la terminal de la zona.

Por fin, llegamos al portón principal, donde yace en su interior la prominente escuela que hoy luce remozada y que tiene sus orígenes desde 1956-1962, época del Presidente José María Lemus. Aunque irónico, su gestión se enmarca en un contexto plagado de torturas, injusticia social, caída de los precios del café y la multiplicación de los movimientos de obreros. Que dieron paso al derrocamiento del militar el 26 de octubre de 1960.

Es más, este centro del saber, es como un eslabón perdido en una sociedad donde el binomio imperfecto era el Estado y la educación. Muestra de esta disparidad, se palpa tras el derrocamiento de Lemus, período donde fue liberado el prominente poeta Roque Dalton, que por amor a las letras y a las fuertes críticas reflejas con su pluma, había perdido el privilegio de su libertad.

Esta escuela que nace bajo la sombra del Presidente Lemus, creció en el corazón de un potrero gracias al Instituto de Colonización Rural (ICR), hoy Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA), y sus únicas armas eran cuatro aulas, un pequeño corredor y unos recipientes para resguardar el vital líquido que los estudiantes consumían en el recreo.

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Al compás del olvido, la ofensiva y la clandestinidad

Después de dos décadas del derrocamiento del Presidente Lemus (década de los 80), las bancas que recibieron a los jóvenes lugareños desaparecieron producto de las revueltas civiles que pasaron de la urbe al campo. Conflicto armado que produjo un estancamiento de la educación.

La escuela de El Transito estaba en cuidados intensivos, agonizaba producto de un cáncer terminal de balas y truenos que obligaban a jóvenes dejar sus estudios por agarrar un machete o una cuma para alimentar a las familias. Esto, debido a que la mayoría de los adultos migraban por temor a ser confundidos entre uno y otro bando. Era la época de la clandestinidad y el miedo.

“Era mi primer trabajo, me habían nombrado como maestra de una escuela abandonada, parecía un potrero la pobre. Me tocó organizar a las familias y hacerles conciencia que tenían que mandar a los niños y a las niñas a clases” comenta Cecibel de Panameño.

A lo que secunda: “Vine en 1986, como era la única maestra, sólo pude dar apertura al primero y segundo grado, inicié con 120 estudiantes en dos turnos (mañana y tarde), quienes se acomodaban en tablones, mesas y sillas hechas con pita. Todo, lo traían de sus casas”

Esta fémina oriunda de San Juan Opico, relata que le tocó vivir en el cantón por más de dos años, no tuvo problemas de amenazan mientras daba clases. Es más, tenía estudiantes que sus padres formaban parte del ejército o de alguna milicia popular, quienes descuidaron la tierra por irse al campo de batalla, heredando la rascada de la tierra a sus hijos.

“Era un problema gravísimo en este cantón, no sabían leer y escribir; los muchachos de primer grado tenía 16 y 18 años, estaban descuidados por ir a cultivar. Las niñas por el contrario, a temprana edad eran mamás”. Comenta Cecibel, con dos lagunas reflejadas en sus ojos.

Continua: “Después de 25 años, me siento orgullosa haber rescatado esta escuela, el potrero que recibí, ya no lo veo. Hoy lucen hermosas las aulas, con ladrillo de piso, energía eléctrica y agua; no me va a creer, pero en época de guerra sólo dos cántaros con agua me daban para la semana y con ésta…también me bañaba”

Cecibel de Panameño de 45 años, hoy es maestra del Centro Escolar Casto Valladares de San Juan Opico y regresó a El Tránsito - mayo- para celebrar la inauguración de la ampliación de la escuela, que fue financiada por Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo como parte del Programa Comunidades Solidarias, ejecutado por Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL. Ella, estuvo por dos años en este centro educativo y por quebrantos de salud, salió del cantón.

lunes, 30 de mayo de 2011

Flores y una oración para el PATI

Doña Rosa con su Biblia y flores

Con el pasar de tiempo, el Gran San Salvador ha crecido a nivel de infraestructura y poblacional, y en esta floración urbana se encuentra Soyapango, uno de los municipios más industrializados y con lugares eminentemente comerciales. Dentro de estos últimos, en los alrededores de Unicentro, se atesoran las andanzas de Rosa Elida Cabrera de Rivera, una fémina de más de cuatro décadas que rompen el silencio después de levantar su autoestima al participar en el PATI.

A ella, es común encontrarla en el bullicio y tronar de los automotores que se tragan a Soyapango en las horas pico – de seis a siete de la mañana y de cuatro a siete de la noche- tiempo donde la mayoría de los residentes se traslada de sus hogares para centros educativos, trabajos y otras diligencias, y viceversa.

Dentro de este mundo plagado de contaminación y ruido, Rosa marca su paso con una bolsa repleta de exquisiteces con sabor a eucalipto, de esos dulces que vienen envueltos en un papel blanco con una mancha verde en el centro y que al morderlos en su corazón se disfruta el sabor mentolado.

“He dejado de vender por las mañanas, como participo en el PATI no puedo hacerlo, es un compromiso que asumí. Sin embargo, por la tarde, cuando me desocupo y dejo todo en regla, salgo a vender”, comenta esta madre de seis y que ha sido seleccionada por el FISDL y la municipalidad por vivir en la Comunidad Regalo de Dios, que es uno de los asentamientos urbanos precarios de la zona.
Ella, continua con su relato: “Deje contarle, yo vendo desde la comba que hace el paso desnivel cerca de Unicentro hasta las proximidades del Polideportivo y mis dulcitos los doy a cinco por una cora; dinerito que no es suficiente para sobrevivir en estos dorados tiempos”. Es decir, cinco dulces por veinticinco centavos de dólar.

Rosa, junto a 150 participantes más, el pasado 12 de mayo, ya recibieron los primeros 100 dólares del PATI. A cambio, se comprometieron a participar en la ejecución de proyectos comunitarios integrales como: huertos caseros, infraestructura comunitaria, arte urbano y medio ambiente. Este último, lo desarrolla esta cuarentona con mucha pasión.

Flores para mi proyecto

Esta mujer, le hace honor a su nombre; el día de pago sus manos se fundían entre los pétalos y hojas, no por vanidad o para llamar la atención de las personas que resguardaban la casa comunal, ni para demostrar que trabaja fuerte y con esmero en el proyecto de medio ambiente. Aunque muy temerosa al tema, sus cuerdas vocales un poco tímidas empezaron a susurrar.

Al principio no le entendía; el temor y la voz quebradiza se lo impedían tras un nudo en la garganta que le había ganado la batalla por unos instantes. Mi tímpano alcanzó a vibrar tras ese cuchicheo de Rosa y alcanzó a descifrar que era para sacarles el néctar del conocimiento a sus colegas y para que la demás personas no pensaran que tenía un problema mental.

De pronto sus cuerdas rompieron la brecha del temor y dijo: “Mucha gente piensa que estamos locas por andar recogiendo palos y flores. Que con eso, no hacemos nada, pero después se van a dar cuenta que esos bejucos que pepenamos, van a dar flores muy bonitas y van a embellecer a Soyapango”.

“Estas flores son del PATI, todas tenemos la tarea de llevarlas para que las sembremos, porque vamos a crear un proyecto de jardinería. Hoy corté estas, son bonitas y van adornar la ciudad”. Afirma esta fémina con la frente en alto.

A lo que secunda: “No me puedo el nombre de estas flores, pero como tengo buena mano… se me van a pegar. Además, me las llevo porque son blancas y para mi representan la esperanza que tenemos todas las mujeres que trabajamos en el PATI”.

Contra prejuicios y malos comentarios de algunos detractores del plan de jardinería, esta mujer y sus colegas asociadas al Proyecto, se impulsa por hacer bien las cosas y cada día que pasa, le encomiendan su quehacer a un ser supremo- Jehová- Dios.

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Una oración para el PATI

“Señor Jesús, le damos gracias por darnos un día más y por darnos una oportunidad más para seguir en este proyecto. También, le damos gracias porque nos da fuerzas para realizar bien nuestro trabajo.

Bendiga Señor, a todas las personas que estamos en el PATI y bríndeles sabiduría a quienes lo administran para que apoyen a más necesitados.

También, le doy gracias, por ayudarme a llevar los alimentos a mi casa, por mantener mi negocito por las tardes, siempre me ha amparado y nunca me ha faltado el sustento.

Gracias Señor por este nuevo día, que esperamos con mi familia honrarlo y vanagloriando con tu nombre. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén y amen”. Culmina la oración Rosa, con sus ojos inundados y con una silueta en su rostro en señal de satisfacción y de diálogo con el ser Supremo Jehová.

El amor a Dios y las oraciones de Rosa, están teniendo resultado, con el dinero percibido por el PATI, ha logrado ampliar su negocio, el sabor mentolado pasó a un segundo plano. Hoy, ofrece a su clientela trece sabores y el especial de sus productos es el un bombón secreto, que guarda en su interior la exquisitez de una goma de mascar- chicle- que vende a tres por una cora -25 centavos de dólar- y que espera ampliar más con el próximo pago.

La visión empresarial de Rosa Elida Cabrera de Rivera y un orgullo para las salvadoreñas. Ella, mantiene a sus vástagos fuera del negocio, los manda a la escuela, para que se formen y tengan educación.

El único que no se escapa es su compañero de vida, el señor Rivera, quien se encuentra postrado en una silla de ruedas y se queda al cuido de la casa mientras lo jóvenes llegan después de alimentarse con las letras -de la escuela. Hoy, que amplió el negocio, se lo lleva por las tardes para la comba de Unicentro para que le haga compañía y le ayude a vender los dulces.

Rosa es un claro ejemplo de la efectividad de los programas sociales que impulsa la presidencia de la República de El Salvador bajo el Sistema de Protección Social Universal y es un modelo de superación a seguir por las nuevas generaciones.

viernes, 29 de abril de 2011

“La misericordia de Dios… me abrió esta puerta”


Yolanda Flores - Beneficiaria del programa PATI

Tonacatepeque es una Ciudad ubicada a doce kilómetros de San Salvador, es muy característico encontrar en el corazón del casco urbano un mercado plagado de productos tradicionales como jarcia, dulce de panela, granos básicos, entre otros, que sostienen la economía local. Sin embargo, lo que sobresale en esta región, es la calidez, la humildad y el coraje su gente. Yolanda Flores es un modelo de tonacatepecana a seguir.

A simple vista, su rostro refleja lo duro que le ha tratado la vida; posee una tez trigueña y una cabellera oscura que cada día está siendo poblada por nuevas inquilinas plateadas. En la actualidad, supera las cinco décadas y se encuentra participando en el Programa de Apoyo Temporal al Ingreso – PATI.

Sin embargo, debajo de ese rostro que proviene de la comunidad Paso Puente, se devela un alto grado de ternura, superación y esperanzas de vivir ante una enfermedad que cada día le roba una parte de su cuerpo.

“Por 30 años he cargado con una neuropatía diabética, en dos ocasiones los médicos me han propuesto cortame los pies. Dios no lo ha permitido y sólo me han mutilado dos dedos”, comenta Yolanda.

Sus ojos negros, me confunden por unos instantes, se inundan por completo generando un caudal que en menos de un minuto recorrió aquel rostro que para muchas personas puede ser frio y de temperamento fuerte.

Sin embargo, esa vertiente salina que me paralizó, no era de dolor, sino de satisfacción y gratitud, según ella: “Dios me ha permitido por primera vez recibir un ingreso formal, me sentía desamparada. Nunca pensé que a mis años y con una enfermedad, me hicieran sentir importante”.

A lo que secunda “Yo estoy trabajando en un proyecto de reciclaje, este consiste en separar el plástico, el vidrio y las hojas. Luego, con las hojas hacemos una zanja y las enterramos para obtener abono”.

Yolanda forma parte del proyecto “Recolección de Desechos Sólidos”, que impulsa la municipalidad de Tonacatepeque en coordinación del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL- a través de programa PATI.

Tonacatepeque, recibió este 29 de abril, su segundo apoyo financiero que superó los 21 mil dólares y que benefició a 212 personas, quienes participan en proyectos como: Limpiando mi Comunidad, Huertos Caseros, Recolección de Desechos Sólidos y Recuperación de Espacios Públicos.

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Contra viento y marea

La neuropatía diabética no ha sido impedimento para que Yolanda pueda realizar todas las actividades asignadas. “Ella hace su mayor esfuerzo por cumplir, despacio pero con deseos de hacer bien las cosas, es digna de admirar. Cuando falta, es porque le ponen las quimioterapias. Por lo demás, es un ejemplo a seguir”, comenta Patricia Villalta, asesora FISDL.

Según Yolanda: “La misericordia de Dios… me abrió esta puerta. Aunque la enfermedad me avanzó en un riñón, no quiere decir que haga mal las cosas. Al contrario, tengo que poner mi empeño para que el resto de las personas vean que las mujeres somos fuertes y valientes”.

A lo que secunda, “Estoy muy agradecida por permitirme participar en este Programa y por incluir a las mujeres solas como yo, que no dependemos de un familiar para poder sobrevivir”.

Esta tonacatepecana, tiene dos hijos adultos que no le pueden ayudar económicamente. Ambos tienen familias que mantener y no poseen un empleo digno para darles de comer.

Su único consuelo es la compañía de sus amigos y amigas que tiene en el proyecto, quienes la apoyan y le dan fortaleza para seguir adelante.

Como Yolanda, ya recibieron su segundo apoyo financiero las comunidades: 2 de noviembre, Paso Puente, 10 de octubre, Monseñor Romero, y Los Héroes; quienes se comprometieron a participar seis horas, cinco días a la semana, en proyectos comunitarios que han sido determinados con la Municipalidad.

Contra viento y marea, sus deseos de vivir son grandes, cuando ella culmine los seis meses de participación en el Programa, piensa volver a sus andadas, lavar y hacer trabajos domésticos. Ella es una de las razones principales que dan vida a los programas sociales impulsados por el Gobierno Central, en especial al PATI.

viernes, 1 de abril de 2011

Las pinceladas de Mowgly embellecen a Guadalupe


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Al pie del Chinchontepec, un volcán que se encuentra erguido en las tierras pertenecientes al departamento de San Vicente. Allí, en las faldas de este gigante de más de dos mil metros de altura está incrustado Guadalupe, un municipio que ha sido golpeado por los fenómenos naturales ocasionándoles serios desastres, y hoy, desde las sienes de la pobreza, sacan a luz pública un gran tesoro… su gente.

Y parte de este capital humano que sobrepasan los ocho mil, se encuentra José Mauricio Escobar, un joven humilde de complexión delgada, con más de metro y medio de estatura y dueño de una cabellera larga que sujeta una cola de macho.

Este muchacho, es conocido en Guadalupe como Mowgly, sobrenombre impuesto por sus amigos de infancia, quienes no podían pronunciar bien su nombre. Por tal razón, este bautizo artístico de niñez le ha caído como anillo al dedo por las multifacéticas actividades que realiza en el Municipio.

Las acciones que realiza Mowgly para llevar el sustento a su hogar, van desde reparador de bicicletas, técnico en electrónica y computación, animador de fiestas (disc-jockey) y muralista. Esta última función, la realiza a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso (PATI), que contempla una inversión de US$ 14 millones otorgados por el pueblo de los Estados Unidos de América, a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL - es el responsable de la administración del Programa y con estos fondos donados, atiende las demandas de ingreso de las personas pobres. Esta donación, es un apoyo ante la crisis financiera mundial y el IDA particularmente afectó 11 municipios y dentro de estos se encuentra Guadalupe.

A la larga, este apoyo del pueblo de los Estados Unidos, beneficiará a más de 16 mil personas, entre ellas y ellos, jóvenes entre 16 y 24 años, y mujeres jefas de hogar; que no estén empleadas ni estudiando en el sistema educativo. Mauricio, es una de estas personas.

El PATI, le garantiza a este Mowgly la cantidad de US$100 mensuales durante seis meses, que luego de un proceso de inscripción y selección de acuerdo a criterios de pobreza y vulnerabilidad, fue incorporado al mismo; apoyo que es condicionado a su participación en la ejecución de proyectos comunitarios y en cursos de capacitación.

Murales con sentimiento

Este Programa, contempla en Guadalupe la ejecución de seis proyectos, entre ellos: La reparación de caminos vecinales, rotulación de nomenclatura, restitución de pintura y pintado de murales artesanales en paredes exteriores y la construcción de cordones, cunetas y badenes en área urbana.

Mauricio, con 25 años de edad, pertenece al proyecto de restitución de pintura, y en este, participa junto a 47 jóvenes más, que forman la cuadrilla de muralistas que embellecen el casco urbano con detalles religiosos, tradiciones populares, figuras de animales, medioambientales y otros que estampan la realidad social del municipio.

Las manos prodigiosas de Mowgly a diario cargan una cubeta plástica, que en su interior resguarda diez botellas de diferentes colores que al ser mezclados y barridos en las paredes por las diminutas brochas -pinceles- hacen rememorar lo que fue el municipio de Guadalupe antes de los desastres. Pero también, estas pinceladas tienen cierta perspicacia y contenido de denuncia. Quien sostiene un primer encuentro con sus obras, dibuja en las neuronas emociones y sentimientos.

Las escobillas de Mowgly han tocado las paredes de la clínica y las casas de sus vecinos, en estas ha trazado portales, iglesias, ilustraciones de conservación del medio ambiente y el último que estaba estampando, lo hacía en un expendido de agua ardiente- una cantina- . Esta obra, muestra cómo Jesucristo toma del vientre y hombro a un hombre que ha sido desahuciado y que lo ha perdido todo, producto del alcohol.

“Ya tenía conocimientos en dibujo. Pero, gracias a los talleres impartidos por el Programa, lo aprendí en dos semanas, ya tengo un trabajo para llevar unos centavitos a la casa y aporto en la comprar de los frijolitos; no puedo salir lejos del pueblo por la avanzada edad que tiene mi mamá. Quién más se quedaría con ella al faltar yo”, comenta Mauricio.

Continua: “La pintura me saca de este mundo, olvido las penas y todos los problemas. Por eso, lo que hago, lo pinto con sentimiento, para estar en las mentes de las personas, por eso… impongo mi estilo. Aquí aprendí bien la técnica de mezclar y degradar los colores, para embellecer Guadalupe y darle un toque especial”.

Memorias de la mamá Chus

Las habilidades de Mauricio no son tan nuevas, según Teresa de Jesús Amaya, una fémina que sobrepasa las ocho décadas, de tez canela y agrietada por el tiempo, pero suave como la piel de un durazno. Evoca: “Mi hijo es el peón de casa, desde pequeño era juguetón y travieso, hacia muchos dibujos. Siempre me decía, ¡deme un mapis mamá!, cuando quería un lápiz”.

A lo que secunda: “Era bien listo, en primer grado – seis años – pintaba los morros y les ponía unas bolitas de lana, al terminarlos quedaba unos payasos bien bonitos, su maestra bien contenta. Y no sólo eso hacía, también con las cajas de café listo elaboraba piñatas”.

“Desde niño todo desarmaba y armaba, recuerdo que un día le regalaron una bicicleta toda podrida y la levantó, luego aprendió el oficio de repararlas, así fue como ganó sus primeros centavitos”, dice doña Teresa.

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Aunque del baúl de los recuerdos salían historias por doquier, doña Teresa calló por unos instantes, para agarrar impulso y fuerzas, sus ojos empezaron a lloviznar para decir: “A Mauricio, yo lo crié desde los dos años, su mamá se fue a tomar otro hogar, desde pequeño lo tengo, lo amo y lo quiero como si lo hubiera procreado. Ambos nos cuidamos”.

Mowgly, le toma la mano, la abraza y con dos lagunas en los ojos, responde: “Ella es mi madre, me ha criado. Si no fuera por mi mamá Chus, no sé donde estuviera. Ella es la razón de mi existir, por eso me preocupo y no quiero dejarla sola”.

De pronto, la mamá Chus, recuperada de esta estampa de la vida, saca del baúl de los recuerdos otra historia de Mauricio: “Mi hijo desde pequeño era finito, jugaba de sembrar y de armar cosas. En una ocasión, un muchacho le hizo una carreta con dos palitos, unas ruedas y unos mecates. Vino él -Mauricio-, le puso dos trozos de bambú y dos sillas… la hizo caminar”

“Pero no crea que todo es bonito, cuando se me desnivela –mal portado- lo corrijo, pero con palabras, le digo que me siento triste por lo que hace y que lo voy a perdonar ahora y mañana. Luego, me consuela y me dice que no lo volverá hacer”.

Doña Teresa, es una hábil cocinera, antes de los terremotos, tenía su comedor, donde la especialidad era el bazo relleno –carne de res con diferentes ingredientes- , receta que resguarda en su mente y la persona que quiera degustar, tiene que solicitar sus servicios.

Sin embargo, ella ya no puede cocinar como antes, su cuerpo ya no presenta la misma agilidad, se hilvana a su edad la ceguera heredada de las vigas que cayeron en el rostro, cuando su casa sucumbió ante los terremotos en el 2001.

Para Mauricio y su madre, lo que les sustenta a diario es la unión familiar y el poco ingreso que reciben del PATI. La única incertidumbre que tienen, es qué pasará cuando las pinceladas de Mowgly finalicen dentro dos meses en Guadalupe, un municipio donde su capital humano se desgarra por embellecer el municipio y que está dispuesto a producir más, en tierras donde rascar la tierra para salir de la pobreza no basta.